42. PERSONAJES INOLVIDABLES.

 

Cuando se ha vivido largo tiempo, y con algo de suerte en su relación con las personas, es más propio hablar de personajes inolvidables, que de “mi personaje inolvidable” como se titulara una larga serie de artículos del “Reader’s Digest”. En mi caso, uno de ellos fue don Vicente Sesnic Carevic, que fuera oficial primero de uno de los Juzgados del Crimen de Valparaíso. Y creo que si leen esta nota los estudiantes de derecho y los abogados de mi juventud que le conocieron, coincidirán conmigo en que don Vicente fue un verdadero maestro, sin tener ni el título de abogado ni el de pedagogo, pero sí la profunda calidad humana y la honradez sin mácula del verdadero servidor público y de la justicia.

Alguna vez he recordado en estas notas a jueces y ministros cuya ejemplar trayectoria los hacen acreedores a nuestro respeto y reconocimiento en una época en que la relatividad moral y el snobismo, hacen parecer como antigualla la honorabilidad funcionaria. Ahora he querido recordar a un funcionario del escalafón de empleados subalternos del poder judicial a los que el lenguaje común llama, en general, actuarios.

Cuando yo conocí a don Vicente era ya oficial primero del Juzgado, es decir, subrogante legal del secretario. Debe haber tenido unos cincuenta años, más bien alto, siempre con un sombrero ligeramente ladeado, único signo de varonil coquetería que se permitía y con un cigarrillo a medio apagar en la comisura labial, el que siempre proveería de abundante ceniza a su chaqueta, la que no se cuidaba de sacudir. Más bien callado, casi silencioso, bueno para escuchar y sacar sus conclusiones antes de expresar su opinión, era él el texto de consulta de todos los egresados en práctica en lo criminal y de algunos abogados honestos que se contaban entre sus amistades.

Poseía don Vicente, ese sentido común que es tan poco común entre los humanos y que, en el fondo impregna las instituciones del derecho. Por eso su criterio resultaba tan equilibrado y su juicio tan certero, y se caracterizaba además, por una diáfana bondad que cuidaba de ocultar bajo una apariencia de severidad. Dotado de gran memoria, manejaba al dedillo los fallos del Juez de su Tribunal, que por muchos años lo fuera don Onofre Barría y las sentencias de la Corte de Valparaíso y los articulaba con singular facilidad para dar sustento a su consejo desinteresado y fecundo.

¿Cuántos de los que lo conocieron cuando estudiantes y, después, como abogados no recurrimos a él para escuchar su opinión?.

A los pocos años de conocerlo debí verlo y tratarlo con frecuencia, siendo yo secretario de uno de los juzgados que compartían el antiguo edificio de la calle Independencia donde ahora se construye una multitienda. Talvez por eso se encuentra en mí tan vivo el recuerdo de don Vicente, llegando temprano al juzgado con un sombrero ladeado y su colilla a medio apagar, pero también por las muchas veces en que tocándome subrogar al juez, y enfrentado a un problema de difícil solución para mis conocimientos de novel abogado, cruzaba el hall del edificio para ir a consultarlo.

Yo lo hacía sin mucho recato, porque aprendí pronto que conversar con él recurriendo a su experiencia, su memoria y su innata percepción de los alcances del derecho, tal intercambio de opiniones; estaba a buen recaudo y celosamente custodiado por la firme discreción de don Vicente. En esas ocasiones como siempre, nunca quiso hacer ostentación de sus conocimientos y, por el contrario con la mayor modestia, después de escuchar la relación de los hechos me confidenciaba que en un caso como ese, en la causa tal o cual, don Onofre u otro juez de los que actuaban en el edificio habían resuelto tal cosa y que la Corte había confirmado, o que, al revés, cuando se había resuelto tal cosa en primera instancia, una de las salas de la Corte había revocado la resolución y al final, como al pasar, aún se atrevía a agregar que había visto en la Gaceta o en la Revista de Jurisprudencia que en ese punto de derecho había opiniones divididas, pero que él creía que tal o cual de ellas serían de más precisa aplicación al caso.

Nunca salí de esas conversaciones ni con las manos ni con el corazón vacío, porque en muchas ocasiones, cuando era propio dudar, él recordaba en una corta frase el principio “pro reo”.

Don Vicente nunca fue un hombre de fortuna ya que los sueldos de la justicia y para los empleados subalternos en particular nunca han sido buenos, y porque en un medio en que es cómodo deslizarse por la pendiente del dinero fácil, él fue un incorruptible, un hombre de clara y tranquila conciencia a pesar de las muchas necesidades de una farmilia numerosa.

Si don Vicente hubiere pasado por las aulas universitarias y dedicado su vida al servicio de la justicia como lo hizo, estamos ciertos que habría llegado a los más altos cargos de la judicatura. Tenía todas las cualidades necesarias para ser un gran juez, talento, honestidad, espíritu de sacrificio y de entrega a la comunidad, sabiduría y bondad.

La vida no le dio la oportunidad pero, desde un cargo relativamente modesto del escalafón, hizo más de lo que normalmente se exige a alguien allí situado y por eso, se comportó, sin buscarlo, como un modelo para el servicio. Mientras él se desempeñó en el cargo, lo que hizo hasta pocas semanas antes de su muerte, todo el personal de Secretaría del Juzgado, de su Juzgado, fue excepcionalmente eficiente y honorable.

Es evidente que a ello contribuyó también un gran juez como lo fue su jefe, pero también debió servir su ejemplo y guía diario para el personal subalterno.

Así como las malas prácticas se contagian, los buenos ejemplos cunden y reemplazaría a don Vicente, otro funcionario de lujo, egresado de derecho y después abogado, Luis Poblete Draper. Siguió las aguas del maestro y sirvió el cargo con muchas de las buenas cualidades de don Vicente y murió como Secretario Judicial, después de un periplo ajeno a la función judicial.

Son ellos: personajes inolvidables para Valparaíso.

                                                                                             Mario Alegría Alegría.

 

Publicado en El Mercurio de Valparaíso, el 24 de Marzo de 1998

4 pensamientos en “42. PERSONAJES INOLVIDABLES.

  1. Estimado Don Mario.

    Junto con saludarlo. Mi nombre es Sandra Sesnic. Soy nieta de Don Rodolfo Sesnic Carevic.

    Me pregunto Si don Nicolás que Ud menciona, fue el hermano de mi abuelo que no alcancé a conocer.
    Atte

    Sandra

  2. Don Mario:
    Hoy he tenido la oportunidad de leer la breve reseña que hiciese usted de mi abuelo Vicente Sesnic Carevic, a quien lamentablemente no tuve la oportunidad de conocer.
    Quiero agradecerle por darme una reseña de él, no sabe el orgullo que se puede llegar a sentir de alguien a quien no se conoce , pero que se lleva en el espiritu.
    Mi padre es el unico hijo hombre de Vicente (las otras cuatros son mujeres), y reconozco en mi papá gran parte de la personalidad que usted menciona de mi abuelo.
    Gracias por darme esta linda oportunidad.

  3. Sandra:
    tengo entendido que efectivamente Rodolfo, Nicolas y Vicente eran hermanos, cada uno se dedico a lo suyo y en el paso del tiempo se perdieron la huella, cosa que tambien ha sucedido con sus familias.
    Te invito si es tu parecer a juntarnos e intercambiar recuerdos de nuestros abuelos, tratando de hacer entre nosotras la historia de ellos.

    Gracias
    paulinasesnic@yahoo.es

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