52. PERCEPCIONES DE LAS CRISIS.

Nuestro país ha sufrido en las últimas décadas los efectos de tres grandes crisis mundiales, sin contar con las relativamente menores del petróleo y el “tequilazo” de México: la del año 29 cuyos efectos se sintieron en Chile entre los años 30 y 32; la especialmente financiera del 82 y 83 y la actual crisis llamada asiática por su origen en los países de esa área.

Todos responden a un esquema común en el sentido que son consecuencia de depresiones mundiales del consumo que afectan más gravemente a los países exportadores como el nuestro que no poseen un mercado interno amplio para acelerar la recuperación.

Sin embargo, las condiciones para afrontar estas crisis han sido muy diferentes desde el punto de vista Chile-país. En 1930/32 el Estado tenía un fuerte endeudamiento externo y reservas de divisas y oro mínimas, de modo que hubo que restringir las importaciones y sustituirlas por lo que existiera en el país como el gas pobre en vez de la bencina en los vehículos motorizados, miel de abejas en vez de azúcar, remiendo más que reparación o cambio de los neumáticos, etcétera, y, lo que fue aún más grave, ocurrió con la suspensión de pagos de la deuda externa que impidió por largo tiempo a nuestro país el acceso al crédito internacional.

La crisis del 82/83, que especialmente afectó el sistema financiero, costó al Estado unos cuatro mil millones de dólares para evitar su colapso total. La deuda externa se renegoció varias veces y se evitó la cesación de pagos del país.

La crisis actual encuentra a Chile con una deuda externa manejable en la que el Estado es responsable sólo de una cuota pequeña, las reservas del Banco Central bastarían para financiar un año o más de las importaciones, dependiendo del ritmo de la recuperación, y el déficit fiscal de este año debería alcanzar a no más del 2 por ciento del producto.

Esta es la percepción de los políticos, de los candidatos y de los financistas, pero ¿cómo percibe las crisis el común de los chilenos?

En la crisis de los treinta, largas colas de cesantes esperaban su turno para recibir una ración de comida en las llamadas “ollas del pobre”, y a los predios agrícolas, según su cabida y ubicación, el gobierno remitió grupos de desempleados de las salitreras para que se les diera de comer, a cambio del trabajo que fueran capaces de realizar. En la crisis de los 80, el PEM y el POJH nos daban la visión de un país empobrecido incapaz de dar a sus ciudadanos más modestos ni siquiera lo indispensable a cambio de su trabajo. En la crisis actual lo que nos da la tónica de su verdadera profundidad son los cesantes de la construcción que, limpios y ordenados, se acercan a los autos con un cartel proclamando su falta de trabajo y pidiendo ayuda para dar de comer a su familia.

Para los cesantes del 30, del 80 y de la hora actual, no importan las cifras de la macroeconomía, sino únicamente que les falta el pan para sus hijos y la satisfacción de tener el trabajo a que están acostumbrados.

Hay, sin embargo, una diferencia entre 1930 y 1999 en la percepción del chileno cesante y que es especialmente peligrosa para la estabilidad social. En 1930 no existía el actual desarrollo de los medios de comunicación ni la televisión para mostrarles que hay chilenos a quienes las crisis no les afectaron ni les afectarán en el futuro previsible, que pueden mantener sus hábitos consumistas y que no vacilan en exhibir su despilfarro.

Bien valiera, en estos momentos, no esperarlo todo de las medidas fiscales, sino también de una auténtica solidaridad nacional, esa que sólo aparece en Chile ante las grandes catástrofes telúricas que lo han afectado en el curso de su historia. Esta también es una conmoción propia de la tierra, ya que alcanza a la conciencia de los actores que puedan colaborar en la reactivación de la economía.

                                                                                                                Mario Alegría Alegría

 

Publicado en el diario el Mercurio de Valparaíso el 10 de agosto de 1999.

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