102. EL JUICIO DE LA HISTORIA.

Quien escribe estas líneas es un asiduo lector de los análisis políticos de cinco articulistas cuyas ideas se exponen en las páginas del Mercurio de Santiago y de La Tercera.. A cuatro de ellos los conozco por haber sido mis alumnos en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile en Valparaíso o, por haberme sido presentados.

Todos ellos creo que serían muy bien calificados en cualquier país del mundo: escriben bien, con gran fluidez y a veces se respaldan con la autoridad de autores clásicos de ciencia política, filosofía y derecho. Los leo con verdadero interés porque tienen un afilado escalpelo para descubrir las culpas de quienes ellos consideran los “malos”. Tres de ellos sin embargo observan a la sociedad chilena con mejor voluntad y creo que no tienen ningún deseo de prolongar la estéril división de los chilenos entre izquierda y derecha y para anatemizar al grupo al que no pertenecen.

A un profesor francés de visita en Valparaíso hace muchísimos años le escuché decir que todos somos “hombres situados” y que, desde esa ubicación observamos la sociedad, sin poder apreciarla desde el punto de vista del contrario, ni escapar a nuestro sino a menos que un derrumbe de nuestra personalidad trastorne nuestra formación filosófica, política, nuestras ideas religiosas, si las tenemos, toda nuestra cultura y nuestra vida familiar. El concepto está cerca de la idea de “el hombre y sus circunstancias” de Ortega y Gasset.

Pareciera, por eso, que nunca pudiéramos ser absolutamente tolerantes ni menos compasivos con los del otro lado de la barrera,

Me duele, por eso, como chileno que ha vivido muchos años y que opina desde el conocimiento directo de los hechos acaecidos en nuestro país desde que adquirió cierta conciencia política y social, hace más de sesenta años, que algunas de esas mentes brillantes no dejen espacio para la compasión que es el primer paso hacia el perdón y la reconciliación.

Puede argüirse que el examen objetivo de la historia no deja espacio para las emociones, que ellas conmovieron y afectaron a los actores del drama, pero no deben turbar la mente de quienes los comentan o analizan. Pero, aun aceptando este modelo para la interpretación o el comentario de los hechos sociales, cabe preguntarse si se puede juzgar una época sin examinar las circunstancias que la precedieron y el contexto de la historia del mundo en este período. Pareciera ser que, considerando el principio de causalidad, (reconozco que bastante elusivo en su aplicación a la historia) y la interdependencia de los grandes y pequeños estados en las decisiones políticas, económicas y bélicas, la conclusión razonable sería integrar esta información para que el análisis sea mas objetivo y permita explicarse , en alguna medida, las decisiones de quienes ejercieron el poder.

Desde 1967 en adelante, el mundo entero cambió y Chile no pudo escapar al destino de ese tiempo. “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, el llamado de Nanterre convocó a las juventudes y también a quienes habían dejado atrás los años mozos, pero que veían en esa revolución la posibilidad de derribar el sistema político vigente en el mundo occidental.

La polarización se acentuó por la llamada guerra fría entre los dos grandes bloques de la época y, Chile pasó a ser un peón mas tironeado por las potencias liberales y socialistas. La intervención en el “patio trasero “ de los Estados Unidos, fue no solamente la continuación del estilo tradicional de la política internacional de esa nación desde Monroe, sino que pasó a ser una réplica blanda de la intervención de Rusia en los países de Europa Central y Alemania Oriental.

Por eso, parece lógico que cualquier análisis que se haga de la historia contemporánea de Chile abarque al menos desde la época de los sesenta, si se quiere ser objetivo hasta donde lo permiten nuestras respectivas posiciones ideológicas o nuestra condición de “hombres situados” como me enseñara el profesor visitante en mi vieja Universidad.

Y, por favor, agreguen a los problemas propios de los gobiernos de turno la política exterior de nuestros vecinos y, atrévanse a incluir, como cierto, el revanchismo peruano con el presidente Velasco Alvarado y el triunfalismo de nuestros vecinos argentinos durante los últimos gobiernos militares y la alta probabilidad de una guerra en dos frentes en 1974 y 1978. Ojalá este período mereciera un análisis objetivo de los muchos antecedentes comprobables y que fueron secreto de estado hasta hace poco y de las declaraciones públicas de políticos y militares de nuestros vecinos, no para justificar sino para entender al menos algunas reacciones propias del temor en quienes dirigían el país en esos momentos y, que buscaban, según su saber y entender “ la unión del frente interno”.

No se trata de hacer tabla rasa de abusos y vejámenes, pero sí de otorgar a los actores del pasado un “debido proceso” que no solamente incluya sus excesos y delitos, sino el análisis del contexto histórico en que ellos se cometieron, antes que juzgarlos desde la certeza de la lógica sin penetrar las complejidades de las conductas humanas.

Por eso quisiera que quienes tienen el privilegio de orientar a la opinión pública y, en beneficio de la reconciliación de los chilenos juzgaran a todos los culpables de una época oscura de nuestra política, sin olvidar que las reacciones violentas son casi siempre producto de acciones previas de igual o parecida violencia. No otorgar en el juicio a quienes ejercieron el poder las atenuantes que pudieren resultar de hechos anteriores o coetáneos a su gestión, es privarlos del “debido proceso” de la historia.

Mario Alegría Alegría.

101. LA COMUNICACIÓN 101.

Uno de mis yernos, Bernardo Cienfuegos Areces y mi nieto Bernardo Cienfuegos Alegría, quienes tuvieron la generosidad de “subir” a la red cien pequeños artículos que escribiera hace algunos años y que vieran la luz pública especialmente en “El Mercurio” de Valparaíso, me han pedido una reflexión acerca de esta afición que cultivé por varios años con la amable complicidad de uno de los directores del Decano, don Enrique Schroeders.

Estoy cierto que me cedió el espacio no porque yo fuera conocido como intelectual, economista o político, ni mucho menos como periodista cercano siquiera al genio o la galanura de Alex Varela Caballero, que fuera mi profesor y después mi colega en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile en Valparaíso, sino mas bien porque mis notas se correspondían con el pensamiento del ciudadano como el que a veces me detenía en calle Prat para decirme que pensaba lo mismo que yo había escrito en una crónica días antes.

Es decir, pienso que esas notas no tienen ni mas ni menos valor que lo que pudo decirse en una conversación de amigos en que cada uno cuenta lo que conoció, vió, escuchó o aprendió de otro, para luego comentarlo en una charla en que todos participamos.

Creo que ese fue mi escaso mérito, el de haber servido en algunos momentos de mi vida para comunicarme con los demás, escucharlos y trasmitir tal vez lo que pudo ser la opinión de la mayoría en un momento dado.

Así ocurrió algunas veces en círculos más reducidos de los que formé parte, en el Centro de Alumnos del Liceo de Playa Ancha en los años treinta, en el Centro de Derecho de la vieja Escuela de la calle Colón, en los cuarenta, en el Centro de Padres del Colegio Alemán donde estudiaron mis hijos, en los cincuenta, y en la Comunidad de la Universidad de Chile en Valparaíso, en los tiempos de la Reforma Universitaria de los años setenta y en los años posteriores durante el régimen militar. A veces fui la voz de muchos y objeto de críticas o aplausos. No en vano soy un hombre “situado”, es decir determinado por una formación familiar, por mi propia profesión y por las circunstancias propias de una vida larga y, por suerte, con una extensa familia.

Creo que he pasado mi vida escuchando y dando mi opinión en los diversos núcleos sociales en que me ha tocado actuar y, como es lógico, muchos discreparos de lo que yo dijera o de las resoluciones que tomara cuando tuve el poder para adoptarlas, como yo tambien discrepo de lo que otros dijeron o hicieron. Pero la verdad es que ni los demás supieron todas las circunstancias que me determinaron a hacer o decir lo que hice o lo que dije, ni yo podría juzgar a los demás sin conocer su fuero íntimo, esa “libertad de la conciencia para aprobar o desaprobar” que recibe en secreto todas las presiones propias de la circunstancia personal.

Lo único que puedo decir es que esta “conversación” con la comunidad en que hay críticas y reproches y también encomio para quienes me parecieron merecerlo, nunca tuvo pretensión de otra cosa que ser una conversación con el gran conjunto de lectores, a quienes aunque no coincidieran con mis opiniones consideré siempre con el respeto que me merece la opinión ajena de buena fe.

Hoy han pasado varios años de esos escritos, mi propia “circunstancia” es otra, pero aun disfruto con la conversación con mis amigos y con quienes puedan no serlo pero que están dispuestos a la consideración de buena fe de las opiniones y de las ideas, de tal modo, que…. Pueda ser que haya otras conversaciones como esta.

Mario Alegría Alegría.

23 de Mayo de 2009

100. MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL.

Desde que se tiene noticia real o mítica del hombre sobre la tierra, se atribuyó a éste un sentido moral elemental para discernir el bien y el mal.

Ser hombre y no bestia, fue hasta ahora consecuencia de la inteligencia humana no solamente para servirse de las herramientas para mejorar su condición de vida, porque esa capacidad, en forma elemental la tienen también los orangutanes, sino para conocer lo bueno y lo malo, para tener conciencia moral. Lo contrario, la locura moral si bien afecta a la raza humana convierte a quien la padece, en un sujeto peligroso que la sociedad debe poner tras las rejas de una prisión o de un hospital para evitar que cause daños irreparables a sus congéneres. Es el caso más triste de la especie humana porque siendo inteligente, carece en absoluto de sentido ético y para él no hay diferencia entre el bien y el mal, no existe el arrepentimiento ni la contricción.

El progreso técnico, todos sabemos que no ha ido aparejado de la elevación moral ni de los pueblos ni de los individuos. Aquéllos hacen la guerra y justifican el genocidio con la búsqueda de la pureza étnica o religiosa y éstos hieren, roban y violan a veces solamente por extraviado placer.

Pero en este mundo en que campea la violencia y la corrupción, hasta hace pocos años, los gobernantes conservaron, al menos las apariencias de las buenas costumbres y con el nacimiento del constitucionalismo, debieron también someterse, no siempre con agrado, al marco jurídico, a lo que, en conjunto, ha dado en llamarse el estado de derecho.

Esta fue la única defensa del individuo y de la colectividad frente a los desbordes del poder, del rey primero y de las autoridades, ya fueran éstas elegidas democráticamente o impuestas por un golpe de estado. Desde San Isidoro de Sevilla, la noción del bien común que se maneja a veces con tanto desenfado aparece como la salvaguarda del pueblo sin privilegios.

En nuestro país, incluso en los períodos de gobiernos de facto se ha procurado respetar la ley, o al menos no denostarla públicamente, y nadie se había sentido, hasta ahora, en situación de hacer mofa de ella. Por el contrario, nuestros grandes políticos del pasado como lo fueron el Presidente Montt y el Ministro Portales, se sintieron sometidos a ella más que ninguno, por la obligación de ser como los grandes atenienses, los primeros entre todos los ciudadanos. Es el caso recordar aquí el episodio en que Portales es requerido para indultar al capitán Cradock de nacionalidad británica que había dado muerte a un modesto obrero chileno. No solamente Portales representa al gestor de entonces que tantos empeños se ponían por ser el delincuente no un pobre “roto” sino persona de cierta alcurnia y ciudadano de la nación más poderosa del mundo de entonces, sino que agrega que, sí su padre hubiera sido el autor del homicidio, él ya estaría llorando sobre su tumba.

Pero, los tiempos cambian y no para bien, porque hace apenas unos días que asistimos al penoso espectáculo de parlamentarios que en forma pública reconocieron, sin demostrar arrepentimiento, que violaban regularmente las leyes y reglamentos del tránsito que ellos mismos establecieron como legisladores. Y hubo alguno, incluso que se jactó, en un gesto de dudoso humor, de tener permiso para correr lo que requirieran las circunstancias. En otros términos, y conociendo los efectos del choque de un automóvil lanzado a 150 Km por hora, equivale a decir, que se tiene permiso para matar.

La democracia griega tuvo la suerte de elegir a los mejores para que los gobernaran, con contadas excepciones, tal vez por el hecho que en el Estado ciudad heleno, casi todos los ciudadanos, es decir los hombres libres que podían elegir y ser elegidos, se conocían casi como vecinos.

En nuestra actual democracia en que los candidatos al Congreso son en ocasiones casi perfectos extraños, designados por las cúpulas partidistas y en que los más conocidos para el grueso de la población lo son por las periódicas declaraciones a los medios de difusión que les sirven para hacer noticia, en busca de la reelección en que cuidan sus expresiones con vista a la próxima encuesta. Pero ahora hemos tenido ocasión de verlos en su real condición humana y tal visión nos ha dolido como ciudadanos y más que eso, como chilenos que no hubiéramos querido exponer al mundo la vergüenza que provoca la inconsciencia de algunas declaraciones, el desafío que se contiene en otras y, en todas, la intención se seguir pisoteando el orden jurídico y arriesgando la vida de los que circulan por las carreteras como simples ciudadanos que hasta ayer creímos en la igualdad ante la ley.

¿Cuál de los infractores podrá ahora reclamar desde su tribuna parlamentaria que todos deben cumplir la ley y proclamar que todos somos iguales ante la ley y que en Chile no hay personas ni grupos privilegiados?

La vida pública exige sacrificio y los políticos regularmente nos recuerdan su devoción y permanente dedicación a sus importantes labores y hasta ahora, no habíamos oído que necesitaran ser advertidos para levantarse más temprano y llegar a tiempo a las sesiones del Congreso, porque si ese hubiera sido el contenido del discurso electoral del parlamentario que así lo reconoció, obviamente no habría sido electo.

Cierto es que la muestra que presentó la televisión puede no ser representativa de todo nuestro Parlamento y así lo quisiéramos muy de verdad, pero esta encuesta, apresurada y todo, revela a la opinión pública lo que hay detrás de la fachada de algunos políticos que aprueban las leyes para que las respeten los demás.

En estos momentos hay la convicción en la opinión pública que la juventud ha perdido el interés que durante varias décadas la llevó a participar activamente en política, preocupada como es lógico de participar en la creación del mundo en que le tocaría vivir al llegar a la edad adulta.

Pero ahora ni siquiera en las Universidades que fueron otros centros de actividad y, por qué no decirlo, de activismo político, la situación es diferente.

En parte importante ello se explica por el efecto pendular: de la universidad militante, a la universidad profesionalizante. Por otro lado, la crisis de las ideologías obviamente arrebató pretextos y banderas a la juventud que desde Nanterre pedía lo imposible a una estructura dominada por el poder económico y político de la gente madura.

No son los días que corren propicios para las gestas heroicas, y en este terreno las figuras incluso de los políticos tienden a opacarse; pero aun así los jóvenes quieren que los hombres políticos sean paradigmas de consecuencia entre lo que dicen y lo que hacen.

De nuevo recurro a Portales, el viejo maestro de la política chilena; “Que el gobierno sea respetable para ser respetado”. No pedía heroísmo sino dignidad y respeto a la ley.

Frente a los hechos glosados, pienso que la gran mayoría de los chilenos repudiará a quienes en un gesto de insoportable soberbia han pretendido estar más allá del bien y del mal.

Mario Alegría Alegría

Publicado en El Mercurio de Valparaíso el 20 de Abril de 1995