108. Aproximándose al Derecho.

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Cuando el Director don René Moreno, me pidió que participara en la Celebración del Aniversario de la Escuela y en la recepción de los alumnos que recién ingresaban y que con tal propósito preparara lo que tradicionalmente se ha llamado, una “clase magistral”, le agradecí esa invitación que hacía a un viejo profesor, ya alejado por más de diez años de la docencia, pero le advertí que no sería otra clase magistral y le di mis motivos.
Le dije que en 27 años como profesor nunca había logrado hacer una clase digna de un maestro, sino que en tantos años de docencia sólo hubo ocasiones en que salía del aula satisfecho y muchas más en que sentía que no había logrado el nivel de comunicación necesaria con mis alumnos. Que, en consecuencia, si él aceptaba,sería mi disertación un testimonio de más de medio siglo de aproximación al derecho y que quizás esa experiencia sirviera a quienes recién ingresaban a nuestra Universidad. Eso convinimos y el relato y las reflexiones que siguen, tienen ese carácter.
Aproximarse, según el diccionario de la lengua, es acercarse o arrimarse y, en este último sentido, todo el mundo vive arrimado y buscando cobijo en el derecho por su condición de marco regulatorio de la vida social.
Lógico parece que, en esta ocasión me refiera, especialmente a la primera acepción, como corresponde a quien desde hace 56 años ha estado procurando conocer, algunos sectores de esta disciplina.

En este largo tiempo me he aproximado al derecho, queriendo alcanzarlo y poseerlo, pero el propósito siempre resultó demasiado ambicioso ya que sólo pude acercarme a él, con algún éxito a veces, y cuando lo conseguí, vi cada vez más remota la meta.
Advertí que esta conversación sería solamente un testimonio y por eso, no busquen en ella ni el vuelo de las hermosas teorías de los filósofos ni la profundidad del que ha logrado, con maestría, dominar una rama del derecho.
Y o he sido testigo y solo eso y lo que he vivido acercándome al derecho y las reflexiones que cada etapa me sugirió es lo que quiero referirles. Para los que ingresan recién a esta Escuela y los que están egresando, este relato no constituirá, obviamente, un anticipo de su propia experiencia de vida única e irrepetible, sino simplemente les mostrará lo que un viejo abogado ha hecho con su profesión.
Para los que fueron mis alumnos y para mis compañeros de entonces, esta será quizás ocasión para recordar alguna etapa vivida en esta Universidad e incluso en esta misma Sala en que funcionó durante un año y más el llamado Senado de la Sede de la Universidad de Chile – Valparaíso, durante la reforma de los años setenta.
A unos y otros les advierto que mi visión de las personas y de las cosas, no será tan objetiva como desearía, sino habrá de ser la que me dicte mi propia circunstancia, al decir de Ortega.

Mis experiencias se refieren al aprendizaje, a la enseñanza, a la aplicación y a la defensa del derecho, y en ese orden serán mis reflexiones.
La pregunta que aún me hago es si tuve vocación para el derecho y parece ser que, a muchas personas vinculadas a su enseñanza, les cupo también la duda, puesto que, la vieja escuela de la calle Colón en que estudiamos algunos de los aquí presentes, nos recibía con una expresión latina pintada en el frontispicio; “Nos ad justitia esse natum”, la que tenía en boca de los alumnos recién ingresados curiosas, e incluso divertidas traducciones. ¿ Querían los que eligieron el latinazgo hacernos creer que con o sin vocación debíamos sentirnos cómodos al estudiar algo tan propio de la naturaleza humana como la justicia emparentada claramente con el derecho?.
Como toda aproximación a lo desconocido y apenas entrevisto, nuestro camino no estuvo exento de tropiezos y hasta de desazones y en más de una ocasión dudamos de nuestra vocación.
¿ Es necesario tener una vocación clara para estudiar una profesión universitaria o aprender un oficio?. La respuesta no la obtuve ni como alumno ni después como padre de una familia relativamente numerosa, porque de seis hijos hubo uno solo con una vocación clara y definida desde los 12 años, a cuyo llamado, por suerte, concurrió con éxito. Los demás tuvieron vocaciones menos firmes e incluso dudosas, como fue el caso de uno de ellos que teniendo la opción de ingresar en dos de las preferencias marcadas: derecho y economía, dudaba en la noche anterior a su decisión.

Recurrió a mí y me preguntó: ¿Papá, en que carrera me inscribo? y mi respuesta fue: “Decide hijo como si tu padre no fuera abogado”. Se decidió por economía y aunque yo perdí probablemente un socio, creo que él apostó a ganador en la actividad que libremente eligió.
Esta experiencia me asiste en la convicción que las vocaciones definidas son claramente minoría. En la mayor parte de los casos estas inclinaciones de desarrollan y robustecen en la medida que el acceso al conocimiento permite entender y apreciar, aunque sea solamente algunos temas que nos interesen o que nos conmuevan.
Cuando se inicia la aproximación al derecho estudiándolo si la vocación no es indispensable uno se pregunta ¿qué es lo que sí necesita el candidato?. Siempre me pareció que la respuesta debía ser “ahínco”, que es, según el diccionario de la lengua; “eficacia, empeño o diligencia grande con que se hace o solicita alguna cosa.

Pareciera no haber más alternativa, porque el estudio de una disciplina, cualquiera que sea y en cualquier nivel que se la aborde requiere empeño y diligencia y más aún si la vocación con que se emprende la tarea es dudosa, porque el llamado se hará recio y audible solo si se estudia con ahínco.
Sin embargo hay también que recordar la admonición de Couture cuando nos recuerda que “el que solo sabe derecho no sabe derecho”. Y lo que se dice del derecho creemos que puede aplicarse a todo el ámbito universitario, alejándonos desde un comienzo de la excesiva especialización del conocimiento.
La necesidad de recurrir a otras fuentes de información para entender cabalmente al derecho, la tendrán desde el comienzo los nuevos alumnos cuando estudien derecho Romano, esa creación de exquisita elaboración y gran armonía que sirvió a Roma desde que inició la conquista del mundo mediterráneo y que todavía inspira instituciones vigentes del derecho, porque solamente podrán entenderlo conociendo la historia política, económica y social de Roma.
Cuando nosotros estudiamos derecho Romano en 1943, solamente algunos privilegiados lo entendieron y gustaron de él si conocían suficientemente el entorno que rodeó su formación y evolución. En efecto, la llamada historia externa, cuyo conocimiento nos habría permitido vincular las normas y los funcionarios de la República y el Imperio a las necesidades de una sociedad heterogénea que crecía junto con ampliarse las fronteras de Roma, se enseñaba a fines del año, solo si quedaba tiempo al profesor para preocuparse por algo que parecía irrelevante.
Lo mismo ocurría con el estudio de la evolución histórica de Chile que se agregó al currículum de la carrera solo después del discurso de un abogado y Ministro que felicitó a la ciudad de San Felipe por haber sido cuna de la primera universidad chilena la que todos sabemos que se instaló en Santiago y fue así nombrada en recuerdo del rey Felipe V que suscribió la real orden que autorizó su existencia.

No se pretendía, inicialmente1con la Historia Institucional más que enseñar las Constituciones y Reglamentos Constitucionales de la República junto con algunos hechos referidos a la historia diplomática y militar de nuestro país. Años más tarde, cuando I_I1e hice cargo de la asignatura procuré explicar la evolución del derecho en Chile vinculándolo al contexto social que lo prohijó y que el estudio de los hechos económicos, políticos, sociales y de las ideologías durante la República, nos permitiría comprender la racionalidad de la evolución institucional, incluso cuando las reformas se hicieron sólo en la medida en que el consenso o las mayorías políticas lo permitieron.
No estoy cierto de haberlo logrado cabalmente, pero confío que quienes continúan en la cátedra hayan seguido analizando y discutiendo con los alumnos las razones profundas de nuestra compleja evolución política.
Hay también que recordar a los alumnos recién ingresados que “Universitas” es “la multitud de todas las cosas, el mundo, el universo” y que, quien aspire a ser universitario de verdad debe esforzarse por conocer ese universo que no se agota en el derecho, ni en la medicina, ni en la física o las matemáticas.
Participar en la aventura del conocimiento iniciándola en el entorno inmediato de las ideas y de las personas, no es solamente medio para aproximarse al derecho sino a la escuela, a la universidad y a los seres humanos que la integran.

La escuela es un cuerpo único de profesores, estudiantes y funcionarios, todos ellos indispensables en la tarea de enseñar, investigar y difundir el conocimiento. En algún momento de mi paso por esta Escuela, un Director que a pesar de su conocida erudición, nunca entendió el problema en estos términos me decía que para que una Escuela Universitaria fuera buena solo se necesitaban buenos profesores. Y o me limité a retrucarle diciéndole que ese podría ser uno de los requisitos para ser una buena escuela, pero que ni siquiera habría escuela si no había alumnos.
Conocer el entorno inmediato para los que llegan es saber de sus compañeros como personas y participar en las organizaciones estudiantiles. Siempre es posible sustraer algún tiempo al descanso y a la diversión y vincularse a los demás como una manera de acostumbrarse y aceptar la diversidad. En una profesión como la nuestra es, quizás más importante que en cualquier otra, la tolerancia para evitar que nos destruyan confrontaciones innecesarias.
Y o lo pensé así como estudiante y tuve la suerte de ser elegido Director un año y Presidente otro del Centro de Derecho, a pesar que también debía atender, fuera de mis estudios, un modesto cargo de funcionario subalterno en la Administración de Justicia. Nuestra disciplina se vincula fuertemente a las personas y no deben olvidar los estudiantes de derecho que los seres más próximos fuera de su familia y de sus amigos de siempre serán, por varios años, sus profesores sus compañeros y los funcionarios que los recibieron en esta Escuela.

Muchos de los que se encuentran en este momento en esta Sala estudian con considerable sacrificio. En la Universidad a la que yo ingresé como alumno en 1943 prácticamente no había pago que hacer más que una modesta matricula y único requisito para el ingreso era un puntaje mínimo obtenido en el Bachillerato en Letras.
Puede pensarse que en ese tiempo obtener un título universitario era fácil para quien consiguiera un buen puntaje en el bachillerato, pero la verdad era muy distinta para los aproximadamente 15.000 alumnos universitarios de entonces. A la mayoría nos acogía una grande y prestigiada Universidad de Chile, al resto, Universidades Particulares también prestigiosas y consolidadas que se financiaban principalmente con los bienes de sus fundaciones originales y con donaciones, como las Universidades Católicas de Chile y de Valparaíso y la Universidad Santa María o con el producto de la única Lotería Nacional como la Universidad de Concepción. En todas ellas los aranceles eran mayores que en la Universidad de Chile, pero bastante modestos y en la Santa María el arancel era cero y los alumnos tenían considerables prestaciones gratuitas.
Como consecuencia de lo dicho, el problema para los universitarios no era el pago de altos aranceles, pero sí el de la supervivencia porque Chile como país  era bastante más pobre que ahora y con una distribución de la renta aun más regresiva que la actual.
De este modo fuimos muchos los universitarios que tuvimos simultáneamente que estudiar y trabajar jornadas de seis horas o más para mantenemos y ayudar a nuestras familias. También estudiaban con nosotros funcionarios públicos y oficiales de Carabineros y del Ejército, a quienes sus respectivos servicios otorgaban dudosas “facilidades” para asistir a clases a cambio de cubrir los turnos más largos e incómodos.
Quiero con ello demostrar a los actuales estudiantes que tienen a veces grandes apremios para proseguir sus carreras que aún con universidades casi gratuitas, tampoco fue fácil para muchos de nosotros obtener un título profesional.
Seguramente hay en esta sala algunos estudiantes para quienes mantenerse en la universidad es un duro sacrificio. Y o les expreso mi sincera admiración y mis deseos de éxito, pero no solamente en la obtención de un título profesional, sino en cuanto sean capaces de mantener el espíritu de esta comunidad de estudios, para hacerlos solidarios con sus semejantes y tolerantes con la diversidad.

LA DOCENCIA
Otra forma de aproximarse al derecho es la docencia cuando existe la vocación y entusiasmo para ejercerla. 27 años enseñando en esta misma escuela constituyeron una singular y rica experiencia en mi vida.
Aquí cobró sentido para mí la sentencia bíblica, “muchos serán los llamados, pero pocos los elegidos”. En efecto, todos los que empezamos a enseñar queríamos ser maestros, pero la verdad es que casi ninguno lo consiguió y hubimos de conformarnos con ser sólo profesores que no tuvimos la inspiración necesaria para ser verdaderos maestros.

La diferencia a mi juicio, entre el profesor y el maestro es que el profesor usando casi como único medio la palabra, enseña los contenidos del programa. Si es sistemático y lo explica bien, haciendo fáciles los temas complicados, será un buen profesor y sí, como a veces ocurre, hace difíciles los asuntos fáciles, será un mal profesor. En cambio el maestro enseña lo mismo que el profesor con la palabra oral o escrita, pero forma y enseña mucho más con su ejemplo de vida moral, con su tolerancia, con su pensamiento independiente, con el permanente propósito de crear antes que de repetir y, sobre todo con su sincero afán de ser, antes que de parecer.
El profesor tiene alumnos, el maestro logra que, algunos se transformen en discípulos.
Para mí la diferencia es más que una cuestión semántica. de escalafón o de títulos académicos, con todo lo importante que estos resulten para la formación propia y la profundización de una disciplina, ella tiene un origen histórico muy antiguo, y que revive en el medioevo.
El mítico Hiram, el constructor del templo de Salomón es tal vez el ejemplo más antiguo de la maestría. Él vivió junto a sus oficiales y aprendices a lo largo de los trabajos y obviamente no solamente transmitió lo que sabía sino que su honestidad sirvió de modelo a quienes lo secundaron en su tarea. Al fin fue traicionado y murió a manos de algunos de sus discípulos a quienes no había considerado aptos para ser maestros.

Más tarde, esa tradición de maestría olvidada durante el Imperio Romano, revive en Europa en el siglo XIII y cobra especial importancia en el siglo XIV con el surgimiento de los gremios. Hay que recordar que muchas de las grandes catedrales góticas, en un tiempo en que no habían estudios regulares de arquitectura, las proyectan y construyen grandes maestros canteros de los que no hay más recuerdo que la muesca puesta como su seña en algunas piedras sillares. Los gremios aunque se constituyeran en defensores de los privilegios de sus asociados, fueron modelo de trabajo eficaz y honrado y los maestros que recibían en sus casas a compañeros y aprendices, obviamente enseñaban su oficio y los secretos de su artesanía pero también transmitían valores morales con el diario ejemplo de sus vidas.
La historia es irrepetible pero creo que la diferencia entre el profesor y el maestro se observa mejor aún si se analiza el vocablo entusiasmo, atributo que la gran mayoría considera indispensable en el profesor. En efecto, las acepciones del término son muy variadas, y la más conocida es “exaltación del ánimo por cosa que lo admire y cautive”. Este entusiasmo lo tuvimos todos los profesores y creo que lo siguen teniendo los actuales docentes, pero entusiasmo es también, en su segunda acepción ;’Inspiración divina de los profetas” y esta sólo la alcanzan los verdaderos maestros.
Nuestro entusiasmo, acotado en la forma que hemos visto, es decir, no más que “exaltado el ánimo y cautivados” por nuestro propósito de aproximarnos al derecho y a la Universidad a través de la docencia, nos impulsó a participar en las discusiones de política universitaria. Esto se lograba sólo medianamente en las reuniones de la Facultad que se realizaban en Santiago adonde ocasionalmente acudíamos.
Pero poco se hacía en lo relativo a las reformas de fondo de la enseñanza y cuando intentó ensayar, el decano Eugenio Velasco, algunas formas de enseñanza activa, solamente había en nuestra escuela dos profesores don Guillermo Schiessler Quezada y yo que habíamos iniciado tímidamente nuestra propia reforma para obtener alguna participación de los alumnos en nuestras clases o en actividades complementarias realizadas fuera del horario contratado.
Se acercaba el término de la década del 60 y, como siempre ha ocurrido a través de la historia de Chile, las ideas y corrientes de pensamiento europeas, habían llegado para reactivar la agitación política y llevarla a sectores hasta entonces relativamente pasivos.
Algunos grupos de profesores, pero sobre todo los estudiantes, recordando a sus émulos de Nanterre fueron los iniciadores de las reformas, también al grito de ¡Seamos realistas pidamos lo imposible!.
El edificio de la Casa Central de la Universidad Católica de Valparaíso, fue el primero en ser ocupado por los estudiantes, que entre muchas cosas, pedían la salida de su rector.
Al poco tiempo este mismo edifico estaba ocupado por los alumnos que, también, pedían no solamente lo plausible sino también lo imposible.

Se inició entonces la única tentativa de reforma universitaria profunda que conocí en todo el tiempo que viví en esta casa como estudiante y como profesor después. No sería justo calificar sus resultados, porque fue una tarea inconclusa. Y o pretendo a continuación exponer más que su contenido, las emociones que me suscitó esta crisis que viví con interés, con dedicación y con entusiasmo.
La crisis universitaria, como ha ocurrido siempre, fue un anticipo de la crisis política profunda que viviría poco después nuestro país. La Universidad como centro del pensamiento ha sostenido y aceptado, la concurrencia de todas las teorías e ideologías. En la década del setenta se cuestionó esa posición de la Universidad, por muchos miembros de los tres estamentos que la componían. Algunos sostenían que una Universidad que no se definiera y militara no cumplía su propósito de ser la guía del pensamiento nacional. Para otros, la pluralidad de ideas dentro de la Corporación y el respeto a las minorías, eran incompatibles con la militancia de la Universidad.
Para los profesores que eran políticos militantes su posición dependió, con excepciones contadas, de lo que dispusieran las cúpulas partidarias y en esta misma sala, reunido el Senado Universitario era fácil distinguir algo parecido a las actuales bancadas de los partidos políticos en el Parlamento. Los independientes que éramos muchos pero de los cuales muy pocos participábamos, no pudimos formar un grupo significativo sino en algunas convocatorias generales y en forma, por lo mismo, ocasional.

Dije que no correspondía juzgar a la reforma por sus resultados sino por lo que ocurrió en el período en que ésta se discutió. Creo que nunca hubo en Chile un tan amplio debate sobre las características y fines de la Universidad, sobre la forma de gobernarla y el papel que dentro de ellas cabía a sus diversos estamentos. Por primera vez en esta escuela los alumnos realizaron un juicio académico a sus profesores; que se extendió a todo el cuerpo docente, cuando los que no estábamos siendo impugnados quisimos hacer causa común con los demás. Era fácil advertir que los motivos del juicio académico fueron esencialmente políticos respecto de algunos profesores pero también lo fue que, respecto de otros, los alumnos pedían justificadamente una mejor calidad de su enseñanza.
Chile vivía en la calle una violenta confrontación política y a ella nunca fue ajena esta Universidad, pero justo también es reconocer que la gran mayoría de los profesores por áspera que fuera la discusión, supimos y pudimos mantener el apropiado respeto por el pensamiento ajeno.
Esta tentativa constituyó un largo período de reflexión de la Universidad, sobre problemas contingentes y permanentes, sobre soluciones útiles y prácticas las unas y francamente irrealizables otras.
A todos los que participamos en ella nos mostró, hasta en sus simas más profundas, desencuentros irreconciliables y pugnas esenciales así, como también nos permitió observar el mucho interés de todos los actores cuando se participa en la tarea de repensar un centro de estudios como éste, a pesar de la tremenda carga ideológica que impregnó los debates en esa época.

LA APLICACION DE LA LEY
Otra forma de aproximación al derecho, en el sentido que lo hemos estado considerando, es el ejercicio de la función judicial, es decir la aplicación del derecho a los casos particulares.
Mi experiencia en esta forma de conocer el derecho y la justicia corresponde al desempeño de funciones bien modestas, como empleado subalterno, mientras estudiaba y en cargos de poca significación del escalafón primario después, hasta jubilar hace ya bastantes años. Sin embargo, mi paso por el servicio judicial me dejó una muy variada experiencia. Mis jefes fueron jueces y ministros de la Corte de Apelaciones de Valparaíso, algunos de los cuales por sus méritos y honestidad llegaron a integrar la Corte Suprema como don Marco Aurelio Vargas, don Emilio Poblete y don Enrique Correa, solamente por citar a aquellos a los que conocí más de cerca.
Sin embargo mi primera experiencia acerca de la eficiencia de la acción judicial fue muy temprana y la lección la recibí de un juez suplente del juzgado de Menor Cuantía de Viña del Mar, quien en 1943 y cuando yo aun no cumplía 18 años me demostró que los jueces, cuando se atreven a actuar tienen un poder que pocas veces se aprecia.
En la calle Arlegui en Viña del Mar funcionaba un garito de juegos clandestino durante los meses en que el Casino de Viña del Mar no funcionaba, de acuerdo a la legislación de la época. La fachada para esa actividad ilícita la proporcionaba el Club Social y Deportivo Rivadavia. Las denuncias habían sido varias en otros tantos meses y el juez titular había despachado 5 órdenes de allanamiento para que las cumpliera tanto la policía civil como la uniformada y todas las veces ellas habían sido devueltas sin resultado. El Juez suplente Eduardo Femández Zapata, decidió terminar con esa burla a la justicia y un fin de semana nos convocó a los dos estudiantes de derecho que trabajábamos en el tribunal, designó un secretario ad hoc de su confianza y obtuvo la fuerza pública pidiendo su cooperación a carabineros de servicio en la calle, para allanar personalmente el “Rivadavia”.
El resultado de la diligencia fue el hallazgo de un garito sorprendido en plena actividad, con una mesa de ruleta de doble dimensión que las en uso actual en el Casino Municipal, y más de cincuenta detenidos, entre ellos algunos de los regentes del establecimiento, todos interrogados y confesos, esa misma noche.
Entre la documentación incautada se encontró una libreta con las cuentas de crédito para el juego concedido a cónyuges de algunos jefes policiales de Viña del Mar y además un detalle de las sumas que mensualmente se entregaban a un senador y a un diputado de la zona.
En una sola noche aprendí como debía investigar un juez del crimen y como la corrupción podía alcanzar a ciertos políticos y a algunos policías ..
Años más tardes, tuve ocasión de subrogar, a veces por períodos largos al juez titular del Juzgado del Crimen del que era Secretario y siempre que creí que un procedimiento requería sigilo y oportunidad, las diligencias las ejecuté personalmente con el secretario subrogante o con un secretario ad hoc de mi confianza requiriendo la fuerza pública sin mencionar las diligencias que realizaría con su ayuda y protección.
Así logré desbaratar el año 1956 una verdadera máquina montada alrededor de la Bolsa de Corredores de Valparaíso para facilitar la especulación bursátil, que intermediaba los préstamos con intereses usuarios de un grupo de personas, algunas bastantes connotadas. Hubo 13 detenidos, trece confesiones y, en su momento se dictó sentencia condenatoria para todos. Lo mismo ocurrió en el allanamiento de un laboratorio para transformar el sulfato de cocaína y pasta base en clorhidrato de cocaína ubicado en las cercanías de Agua Santa, con la detención de los implicados y naturalmente con su confesión judicial obtenida inmediatamente después de su aprehensión. En algunos homicidios la investigación dirigida desde los primeros momentos por el tribunal, permitió detener a los hechores quienes obviamente no tuvieron oportunidad de modificar sus confesiones iniciales. Incluso alguna vez decidí que valía la pena demostrar a un jefe policial que en su jurisdicción se cometían infracciones a la ley de alcoholes que sus oficiales no querían denunciar, allanando personalmente los locales en que se infringía la ley a vista y paciencia de la policía.
Todo eso lo pueden hacer los jueces, para dar a la administración de justicia, eficacia y rapidez y para convencer al común de las personas que recurrir a la justicia no es tiempo que se usa en vano. Comprendo que las circunstancias han cambiado, que los delincuentes son en mayor número, mucho más peligrosos y que existen nuevas formas de delito muy sofisticadas y difíciles de pesquisar y, lo que es más importante, que los jueces del crimen viven agobiados por el trabajo y que difícilmente pueden suspender el conocimiento de tantas causas para dedicarle especial atención a una o varias, pero sería bueno que, al menos de vez en cuando no delegaran la función de investigar en la policía y la ejecutaran por si mismos.
Por eso miro con cierta reticencia las modificaciones propuestas para el sistema judicial y el complicado y caro aparataje de los fiscales. Tal vez sería más útil aumentar el número de jueces del Crimen y convencerlos para participar activamente en la investigación de los delitos, que esta costosa reforma.
Cierto es que el momento actual en que los defensores de los derechos humanos han logrado convencer a la autoridad que hay que cuidar más el derecho de los ofensores que el de los ofendidos no es el mejor para detener la reforma que tramita el congreso pero yo les aseguro que el delincuente si, una vez sorprendido, confiesa su delito mirando a la cara al juez, no requiere en ese momento de un abogado. Lo necesitará eso sí durante el proceso.
Quisiera, antes de terminar con este acápite referirme a una persona que conocí muy bien como su subalterno y cuya reacción en el caso que relataré, demuestra las contradicciones entre la ley y la justicia y las desazones de los jueces que deben aplicar aquélla. Corrían los últimos años del segundo gobierno de don Carlos Ibáñez y el gobierno aplicaba con frecuencia la Ley sobre Defensa Permanente de la Democracia que declaraba terminantemente inexcarselables sus infracciones junto con establecer numerosas presunciones de culpabilidad. Generalmente a sus procesados solamente los liberaban leyes de amnistía de las que se dictaron varias durante su vigencia.
A don Alberto Toro Arias, como Ministro de Turno en la Corte de Apelaciones de Valparaíso, le tocó procesar a un matrimonio de la Calera con seis hijos pequeños que, al ser detenidos ambos padres, debieron quedar a cargo de una vecina de buena voluntad. Nada importaba, por lo menos en la etapa procesal previa, que el padre de los niños fuera analfabeto y que en consecuencia no conociera el contenido de los libros por cuya tenencia se le sometía a proceso.
A los pocos días de la detención1la buena mujer a cargo de los niños pidió audiencia al señor Toro para rogarle que concediera la excarcelación por lo menos a uno de los progenitores porque ella ya no tenía como alimentar a los menores. El señor Toro le explicó que la ley le impedía acceder a su petición, pero le aseguró que a los niños no les faltaría con que alimentarse. Le entregó un cheque de su propia cuenta corriente y le dijo que volviera todos los sábados a buscar otro por igual cantidad mientras durara la detención de los padres.

El hecho lo conocí porque yo era tanto el encargado del juicio como actuario, como el intermediario en la entrega de los cheques que con toda puntualidad recibieron para su sustento los menores mientras sus padres permanecieron privados de libertad.
Obviamente ésta no es una invitación a que los jueces del crimen hagan lo mismo, porque agotarían sus sueldos en la primera semana del mes, y lo menciono más bien en recuerdo de un hombre de gran corazón que como juez integérrimo, estaba obligado a aplicar la ley por injusta que le pareciera.
Es difícil tarea hacer justicia porque a las naturales complicaciones que tiene la propia aplicación de la ley al caso, se suman las presiones de los afectados y a veces de otras autoridades que procuran torcer la recta intención de los jueces que solamente quedan libres de ese acoso cuando adquieren la buena fama de ser impenetrables a los halagos y hasta a las amenazas.
Para los jóvenes alumnos egresados que decidan ingresar al Servicio Judicial, solamente puedo desearles que tengan honestidad y valor para atreverse a poner, en la consecución de la Justicia, todas sus aptitudes y sus meJores esfuerzos, postergando muchas veces sus propias consideraciones y las de su familia. Mis recuerdos se han referido a magistrados que tuvieron las virtudes necesarias en grado heroico I pero siempre es preferible ponerse una valla alta cuando se estará en el trance de decidir acerca de los bienes, de la libertad y honra e incluso de la vida de las personas.

APROXIMARSE INSTANDO POR EL DERECHO
Respecto a la labor del abogado, a sus exigencias, a sus responsabilidades y a su deber ser moral se ha escrito mucho, tanto que es poco o nada lo que se puede agregar. Existen obras clásicas al respecto como el “Alma de la Toga” de Ossorio y Gallardo que dejan poco espacio para decir más y ninguno para decir mejor.
Sin embargo, una conversación mantenida hace pocos días con una profesora de esta Escuela que también fuera mi alumna, me mueve a pedirles un poco más de paciencia para comunicarles mis impresiones acerca de dicha conversación. Hablamos de la tarea del abogado en el mundo contemporáneo y de la necesaria presencia de la ética en las actuaciones de quien es o debe ser colaborador de la justicia. Ella agregó, casi un poquito asombrada, que el libro de Ossorio a pesar de los años transcurridos desde su publicación sigue teniendo vigencia en la actualidad. Por mi parte le señalé que no debía ser motivo de extrañeza la permanente vigencia de un libro de esa naturaleza, porque los principios que deben guiar el ejercicio de las profesiones y el uso del conocimiento, no tienen razón para ser afectados por el tiempo.
Agregué que así como los creyentes tiene en su velador una Biblia, podía resultar grata la compañía del libro de Ossorio cuando un problema de conciencia profesional nos quita el sueño.

Es casi una perogrullada decir que la globalización y la complejidad de las instituciones políticas, sociales y económicas propias de esta época, han prohijado también un derecho en permanente expansión que obliga a la especialización y los alcances del cual no siempre aparecen con claridad de su simple lectura. Por el contrario, basta · observar la maraña de los “holdings”, las fusiones y consolidaciones de empresas, para darse cuenta de lo natural que resulta la duda :frecuente acerca que un acto nuestro pueda comprometer o perjudicar al cliente que asesoramos. Los intereses no declarados por las partes y las vinculaciones indeseables, así como la comunicación de información confidencial, puede afectar a los directores de las empresas pero también a los abogados que los aconsejan.
Hemos conocido por la prensa y otros medios en el último tiempo, algunos entretelones de grandes negocios y de enormes utilidades logradas a veces, casi dentro del derecho, pero claramente al margen de la ética, y tras de esas decisiones se encontraron siempre abogados.
Y lo que se dice de los grandes negocios, se ha trasladado a las empresas medianas en donde también prevalece en amplios sectores, el deseo de enriquecimiento a cualquier precio. La aplicación de las leyes del mercado a casi todas las actividades humanas y el consumismo y ostentación en una sociedad en que aún existen grupos de pobres y focos de miseria, ha sido alentada y mantenida como modelo de crecimiento económico. En la preparación del marco legal que ha sostenido este esquema han participado abogados, seguramente algunos con buenos propósitos e ignorantes de los efectos de determinadas decisiones de los poderes públicos y otros que actuaron con plena conciencia de sus “ulteriores perniciosas consecuencias” como diría don Andrés Bello.
El conflicto de intereses se transforma en un problema moral cuando nos afecta o cuando afecta a nuestros clientes y como estos conflictos son cada vez más frecuentes, habría que pensar en fortalecer los principios tanto o más que el puro conocimiento de las normas.
Me parece después de haber tenido también la oportunidad de ejercer la profesión en forma libre que seria propio quizás adoptar la división que en la mayoría de los países anglosajones, se hace de los hombre de derecho entre: los “barristers” que litigan y los “counselors” que redactan los contratos, testamentos y emiten informes, sin acercarse a los tribunales sino cuando se les llama como peritos o testigos expertos.
En efecto, el abogado de litigios requiere poner ardor en la defensa de los intereses de su cliente, lo que equivale a intrepidez porque, si está convencido, como debe estarlo al aceptar un juicio, que el derecho asiste a su parte, debe procurar con esas potencias, obtener la sentencia que lo reconozca.
Los juicios no se ganan como propios ni se pierden como ajenos, como se recomienda al joven abogado. Pronto advertirá que si cree tener la razón, una sentencia adversa es motivo de pesadumbre, aunque sea también, estímulo para preparar mejor los demás casos.

Para los abogados consejeros solamente pediría la virtud cardinal de la prudencia, porque ella consiste I también conforme al diccionario, en discernir lo bueno y lo malo para seguirlo o huir de ello, así como es sinónimo de templanza, moderación, discernimiento, buen juicio, cautela y precaución.
Como en el caso de la docencia en que todos queríamos ser maestros también en la abogacía todos queríamos ser los mejores, los mas doctos, los que mejor preparáramos una demanda o un alegato ante la Corte, como uno de esos grandes abogados que nuestro país produjo a veces y que alcanzaron renombre internacional. En mis tiempos de estudiante el abogado por antonomasia era don Arturo Alessandri Rodríguez, Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.
Cuando decidía alegar en la Corte de Valparaíso, la Sala se hacia estrecha y se abrían las puertas hacia los pasillos y su voz engolada llenaba los espacios y sus argumentos, generalmente convencían a los jueces.
No supe de ninguno que en esos años, se considerara a su altura y yo no tenía conocimientos suficientes para juzgarlo, como no fuera por su fama de examinador apegado estrictamente a la letra de la ley. No lo conocí, solo supe de su leyenda.
A medida que pasaban los años, iban también cambiando las condiciones para ejercer la abogacía. Tendió a desaparecer en las ciudades, la oficina del abogado único y empezaron a formarse equipos capaces de atender, con suficientes conocimientos, los nuevos temas regulados por las leyes chilenas y extranjeras, ya que se hicieron cada vez más frecuentes, los contratos internacionales sometidos a veces a la ley de otro país o al juzgamiento de árbitros ubicados en Londres, Nueva York o Tokio.
Hay ahora muchos abogados especialistas como ha ocurrido en la medicina en que se echa de menos al médico de familia que tiende a desaparecer en la medida que ésta se desintegra.
Nadie puede negar la evidencia, ningún abogado hoy en día, por brillante que sea, puede conocer toda la legislación, pero hacemos votos porque al transformarse en especialista no se olvide de los principios básicos del derecho que se concibieron para hacer posible la justicia.
Como decíamos, cada vez hay más intereses vinculados e incluso contrapuestos entre las personas que hacen grandes negocios y sus asesores abogados, como van a serlo o ya lo son la gran mayoría de los presentes.
Que haremos cuando ocurra que el contrato que preparamos lesiona injustamente a pequeños accionista que no pueden defenderse en una OPA?. ¿Continuar a cargo o renunciar?. ¿Podemos pedirles a todos que sean heroicos? o debemos pensar con el criterio de los abogados que para no tener problemas de conciencia en vez de resolverlos la sepultan con somníferos?.

Ustedes van a elegir lo que prefieran ser. Los que alguna vez enseñamos en esta Escuela, quisiéramos que, entre el derecho dudoso y la justicia cierta se inclinen por la justicia y que entre el generoso honorario que se paga para ocultar lo que debe ser público y el pago menor que corresponde a un ejercicio honesto del derecho, prefieran este último.
Al comienzo de esta conversación decíamos que aproximarse es también arrimarse y en este sentido, todos nos hemos aproximado al derecho buscando su protección o simplemente pidiendo su regulación hasta en los actos más triviales de la vida cotidiana. En las sociedades primitivas y desde el nacimiento de las primeras formas de organización política, se ha buscado en el derecho protección para los más débiles y defensa frente a la arbitrariedad.
No hay nadie que pueda sustraerse a la regulación del derecho en forma permanente y la gran mayoría de los habitantes de un estado se somete a él de buen o de mal grado. Lo que nos diferencia a los aquí presentes es que quisimos conocer el derecho estudiándolo, enseñándolo o aplicándolo.
He apelado a la paciencia de ustedes, ahora les pido también su perdón porque todo lo dicho se habría podido resumir en una sola frase:

”Nunca me he arrepentido de mi opción por el derecho”.

GRACIAS

MARIO ALEGRÍA ALEGRIA

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